Lunargenta, la ciudad donde había nacido Zenaide, cada vez la veía más lejana. No sabía a donde la llevaban, ni tampoco lo que vería allí. Menos mal que, por suerte o desgracia, no estaba sola, muchos niños elfos también habían sido capturados, entre ellos su hermana Arabelle, que en esos momentos dormía a pesar de los movimientos del carro causados por los caminos llenos de piedras por los que eran llevados.
Pasaban los días y cada vez se aleaban más de su hogar. Hasta que al final llegó el día...
Se detuvieron, y ante ellos se alzaba la majestuosa, y a la vez temida, ciudad de Ventormenta. Una gran muralla indestructible.
Un vez allí, ordenaron a los elfos que bajaran de los carros, y como muchos de estos se negaron, muchos fueron los gritos que se escucharon. Zenaide era muy buena, y todo lo que le mandaban lo cumplía enseguida, así que tanto ella como su hermana bajaron rápidamente del carro, pero aun así recibieron azotes de los humanos. Metieron a los niños en un cobertizo, entonces Zenaide puedo contar, serían unos 30 niños, seguramente todos huérfanos. ¿Qué sería de ellos ahora?- Se preguntaba Zenaide
Pero pronto su pregunta fue respondida.
A los pocos días de estar ahí, iba viniendo gente al cobertizo, la mayoría humanos y enanos, miraban a los niños, y los que más fuertes les parecían, los cogían y se los llevaban, Zenaide supuso que sería para trabajar en los campos, o en las minas. Su madre le contó una vez, que muchos años atrás, que los Elfos de Sangre, o Altos Elfos como se hacían llamar antes, formaban parte de la Alianza, pero que fueron traicionados por los Humanos cuando más necesitaban de ellos. Los Enanos trabajaban en las minas, por eso Zenaide supuso que los Enanos cogieron a los niños elfos para convertirlos en esclavos.
Un día, llegó su peor pesadilla, una humana vino a llevarse a Arabelle. Aunque esta se resistía en irse sin su hermana, la humana era más fuerte que ella, y pudo llevársela tranquilamente, y ahí se quedó Zenaide, sola y desamparada, sin nadie a su lado, solo unos pocos elfos menores que ella, a los cuales solo los conocía de vista, pero que ninguno le serviría de consuelo.
Ahora solo le quedaba esperar su turno.
Casi pasaron 2 semanas desde que Zenaide se había quedado sola, como la mayoría de los niños a los que habían secuestrado eran chicos, pues pronto se los llevaron a todos a trabajar las tierras de los humanos. Ahora solo quedaban unas pocas niñas, entre ellas Zenaide. Los humanos cada vez que venían a traerles la comida, que no llegaba a un mendrugo de pan y un baso de agua al día, ya las miraban mal, no sabían cuando podrían quitárselas de encima.
Pero un día, un grupo de Elfas Nocturnas vinieron y miraron a las niñas. Una elfa miró una por una, las estudiaba, y luego las apartaba para mirar a otra. Hasta que llegó el turno de Zenaide. La Elfa, tras ver a la pequeña, escalmo algo en su idioma, y acto seguido otra Elfa cogió a Zenaide del brazo y la empujó hacia afuera. La luz del sol la deslumbró, había pasado mucho tiempo dentro del cobertizo. Poco a poco fue acostumbrándose a la luz, y lo primero que vio fue un hermosos carruaje, y para sorpresa de Zenaide, la metieron en el junto a la Elfa que la había sacado de esa oscura cárcel.
-Conmigo estarás segura- dijo la Elfa en el un idioma que no conocía Zenaide, pero aunque no lo conociera, entendía lo que le había dicho la Elfa, así que se quedó más tranquila, y en el carruaje durmió placidamente, como no lo había hecho en semanas, hasta que llegaron a su destino.
Zenaide no sabía que lo que ocurriría ahora, cambiaría totalmente su vida...
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sábado 23 de agosto de 2008
domingo 17 de agosto de 2008
Y una Noche...
Una tarde, la pequeña Zenaide paseaba por el bosque recogiendo flores para su madre, cuando de repente notó algo. Detrás de ella, en el camino, había una tropa de guerreros armados hasta los dientes, Humanos, Enanos y Elfos de Noche, o eso creyó haber visto. Del susto se escondió rápido tras unos arbustos, por suerte para ella, los guerreros no la vieron.
Iban directos hacia Lunargenta.
Como ella había vivido allí toda la vida, se conocía todos los atajos que llevaban hasta la ciudad, así que salió corriendo hacia la ciudad a avisar a la gente. Corrió por las calles, gritando:
-¡Soldados de la alianza!! ¡Se acercan por el sur!! ¡Coged vuestras armas y preparaos para la lucha!- gritaba la pequeña.
-¿Pero que dices pequeña? ¿Para que van a venir soldados de la Alianza casi por la noche, estos no tienen ganas de luchar hasta horas- decía un elfo mofándose de la pequeña - vete a tu casa a hacer una siesta, pequeñita.
Zenaide sintió vergüenza de ser tan pequeña, en la ciudad nadie creería a una niña... Pero si había alguien, su madre. Así que Zenaide corrió hasta su casa. Una vez allí se lo explicó todo, pero su madre no la creyó.
-Zenaide, no quiero que digas esas mentiras, ¿qué pensarán los vecinos si se enteran de que mi hija es una mentirosa? - Dijo su madre furiosa - Ahora quiero que te vayas a la cama y pienses en lo que has hecho.
Zenaide se fue llorando a su habitación, y allí pasó las horas, entonces empezó a pensar que lo que había visto no fue real, porque nadie atacaba.
Se hizo de noche, y la ciudad entera empezaba a dormir. Arabelle dormía en la misma habitación que Zenaide, así que cuando se fue a acostar, le dijo:
- Hermana, yo si te creo, se que nunca mientes, así que si quieres, cuando todos se vayan a dormir, salimos y nos escondemos en el bosque, seguro que allí no nos pasará nada.
Zenaide se puso muy contenta de saber que alguien la creyera. Así que las dos estuvieron atentas hasta que todos durmieran, entonces salieron por la ventana (Zenaide siempre agradeció vivir en un primer piso) y fueron hacia el bosque. Arabelle pasaba mucho tiempo por allí, así que se conocía muy bien el bosque, y llevó a Zenaide a un pequeño claro.
Cuando estaban a mitad de camino las trompetas de guerra de los humanos sonaron, había empezado la caza. La alianza empezó a arremeter contra los elfos, los cuales estaban indefensos por la sorpresa y no sabían que hacer. Se oían gritpos pro todas partes, hubo sangre y fuego, una noche inolvidable.
Pasaban las horas y Zenaide y Arabelle aun escuchaban los gritos desde el claro. Zenaide maldijo a los que se rieron de ella, y maldijo a su madre por no creerla, pero a la vez estaba preocupada, así que decidió volver a la ciudad, además ella era bastante buena en las curaciones, así que ayudaría con los heridos.
Cuando llegaron, lo único que vieron era destrucción. Las pequeñas fueron corriendo a su casa, y en las puertas encontraron a sus padres, Faride, la hermana mayor de ambas, por suerte consiguió escapar.
-¡Corred hijas mías! ¡No os quedéis aquí! ¡Huid al bosque! ¡Lejos! ¡Y no volváis!!- grita su padre.
Pero fue demasiado tarde, un Elfo Nocturno se le acerco por detrás y lo apuñaló. Las pequeñas llorando y gritando no pudieron darse cuenta de que por detrás unos humanos las atraparon, y no pudieron resistirse, las ataron y las llevaron a un carruaje, en el que habían más niños. Allí se quedaron llorando, y sin poder salir.
La noche se hizo larga, pero el alba por fin llegó, y los guerreros, cansados como estaban de luchar, decidieron partir y dejar la ciudad como estaba, hecha ruinas y con pocos supervivientes.
Mientras el carro se alejaba de Lunargenta, los niños no sabían los que les esperaba, y tampoco sabían lo más importante, que no volverían a ver Lunargenta en mucho tiempo.
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Iban directos hacia Lunargenta.
Como ella había vivido allí toda la vida, se conocía todos los atajos que llevaban hasta la ciudad, así que salió corriendo hacia la ciudad a avisar a la gente. Corrió por las calles, gritando:
-¡Soldados de la alianza!! ¡Se acercan por el sur!! ¡Coged vuestras armas y preparaos para la lucha!- gritaba la pequeña.
-¿Pero que dices pequeña? ¿Para que van a venir soldados de la Alianza casi por la noche, estos no tienen ganas de luchar hasta horas- decía un elfo mofándose de la pequeña - vete a tu casa a hacer una siesta, pequeñita.
Zenaide sintió vergüenza de ser tan pequeña, en la ciudad nadie creería a una niña... Pero si había alguien, su madre. Así que Zenaide corrió hasta su casa. Una vez allí se lo explicó todo, pero su madre no la creyó.
-Zenaide, no quiero que digas esas mentiras, ¿qué pensarán los vecinos si se enteran de que mi hija es una mentirosa? - Dijo su madre furiosa - Ahora quiero que te vayas a la cama y pienses en lo que has hecho.
Zenaide se fue llorando a su habitación, y allí pasó las horas, entonces empezó a pensar que lo que había visto no fue real, porque nadie atacaba.
Se hizo de noche, y la ciudad entera empezaba a dormir. Arabelle dormía en la misma habitación que Zenaide, así que cuando se fue a acostar, le dijo:
- Hermana, yo si te creo, se que nunca mientes, así que si quieres, cuando todos se vayan a dormir, salimos y nos escondemos en el bosque, seguro que allí no nos pasará nada.
Zenaide se puso muy contenta de saber que alguien la creyera. Así que las dos estuvieron atentas hasta que todos durmieran, entonces salieron por la ventana (Zenaide siempre agradeció vivir en un primer piso) y fueron hacia el bosque. Arabelle pasaba mucho tiempo por allí, así que se conocía muy bien el bosque, y llevó a Zenaide a un pequeño claro.
Cuando estaban a mitad de camino las trompetas de guerra de los humanos sonaron, había empezado la caza. La alianza empezó a arremeter contra los elfos, los cuales estaban indefensos por la sorpresa y no sabían que hacer. Se oían gritpos pro todas partes, hubo sangre y fuego, una noche inolvidable.
Pasaban las horas y Zenaide y Arabelle aun escuchaban los gritos desde el claro. Zenaide maldijo a los que se rieron de ella, y maldijo a su madre por no creerla, pero a la vez estaba preocupada, así que decidió volver a la ciudad, además ella era bastante buena en las curaciones, así que ayudaría con los heridos.
Cuando llegaron, lo único que vieron era destrucción. Las pequeñas fueron corriendo a su casa, y en las puertas encontraron a sus padres, Faride, la hermana mayor de ambas, por suerte consiguió escapar.
-¡Corred hijas mías! ¡No os quedéis aquí! ¡Huid al bosque! ¡Lejos! ¡Y no volváis!!- grita su padre.
Pero fue demasiado tarde, un Elfo Nocturno se le acerco por detrás y lo apuñaló. Las pequeñas llorando y gritando no pudieron darse cuenta de que por detrás unos humanos las atraparon, y no pudieron resistirse, las ataron y las llevaron a un carruaje, en el que habían más niños. Allí se quedaron llorando, y sin poder salir.
La noche se hizo larga, pero el alba por fin llegó, y los guerreros, cansados como estaban de luchar, decidieron partir y dejar la ciudad como estaba, hecha ruinas y con pocos supervivientes.
Mientras el carro se alejaba de Lunargenta, los niños no sabían los que les esperaba, y tampoco sabían lo más importante, que no volverían a ver Lunargenta en mucho tiempo.
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Zenaide
Una calurosa noche de verano, los Sin'dorei, también conocidos como Elfos de Sangre, se reunieron todos cerca de una de las casas de Lunargenta, se oían gritos desde dentro. Una pequeña elfa estaba naciendo.
La llamaron Zenaide, hija de los dioses.
Todos aspiraban a que Zenaide fuera como sus padres, paladines, y así la empezaron a criar, igual que a sus dos hermanas mayores, Faride y Arabelle. Pero a Zenaide eso de llevar espada no le gustaba, siempre se quedaba detrás esperando a que sus hermanas acabaran con el enemigo (que por aquel entonces el más peligroso de todos era un lince). Ella prefería ocuparse de las heridas de sus hermanas.
Pero un día ocurrió algo…
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La llamaron Zenaide, hija de los dioses.
Todos aspiraban a que Zenaide fuera como sus padres, paladines, y así la empezaron a criar, igual que a sus dos hermanas mayores, Faride y Arabelle. Pero a Zenaide eso de llevar espada no le gustaba, siempre se quedaba detrás esperando a que sus hermanas acabaran con el enemigo (que por aquel entonces el más peligroso de todos era un lince). Ella prefería ocuparse de las heridas de sus hermanas.
Pero un día ocurrió algo…
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